sábado, septiembre 19, 2009

La Opinión de Málaga


Cartas al director
18-09-2009

Los grandes cines de Málaga

Tenían sonidos a lo grande. Eran espectáculos majestuosos, únicos. Ir al cine como si fuera fiestas de guardar.
Preparatorios, arreglos, colas y estrenos. Dedicar la tarde a algo en exclusiva, a alguien en exclusiva; pareja, hijos o a ti mismo.
Inevitable NODO, como era inevitable el cocido. Esperar la emoción de las luces apagadas, para besarse o soñar una realidad mejor que la rigidez cotidiana.
Cuando el cine tenía carteles pintados a mano con una escena que ya en si era una historia. Mirar los fotogramas completaba la película…tanto, que no necesitabas casi verla, porque tu imaginación completaba una fotografía con otra si le ponías empeño.
¡Oye! que casi te decepcionaba la real, porque lo imaginado es casi siempre mas y mejor.
El galán de nombre inglés españolizado, todavía tenía el pelo más rubio y los ojos más azules ¡y hasta besaba mejor!
Ya el nombre del cine te anunciaba la grandilocuencia del evento: Teatro cine Albéniz, Cine Andalucía, teatro cine Echegaray…y tantos otros. Con palcos, categorías, numeradas y gallinero. Frescos en los techos de bellas escenas mitológicas.
Hoy son distracciones de paso entre tantas de los grandes centros comerciales.
Ya de base el nombre te anuncia la disminución del evento…mini cine tal o multicine X... solitarias o superllenas, salitas mini. Donde sobran piernas y falta sitio. Y llegar con la película empezada es entrar en la oscuridad sin guía.
Los sonidos de aquellos cines me perduran como sus agrios olores de viejo. Me parece olerlos mientras veo sus esqueletos por el centro de Málaga, recordándome que toda vida es un
desahucio continuo de quiebra y derribo.
Entré una vez con la película empezada, en la magia oscura de la sala, agarrada fuertemente a la mano de mi padre. El sonido de la selva me alteró el corazón. Los trinos de los pájaros tropicales volaban desde una esquina. Poco a poco los ruidos se sobreponían unos a otros. A los pájaros se unieron los gritos de los monos, el agua que caía de una cascada, las hojas movidas por el viento, los elefantes y el grito inconfundible de Tarzán, rey de la selva.
Seguíamos al acomodador como al guía de la expedición, linterna en mano como si de un machete se tratara, allanándonos el camino hasta llegar a nuestro asiento para, cómodamente, entrar en la magia del cine con mayúsculas.
Carmen
Málaga
http://www.diariosur.es/20090921/opinion/grandes-cines-malaga-20090921.html
http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2009/09/19/cartas-director/290042.html

jueves, septiembre 17, 2009

Anuncio sin palabras

Anuncio sin palabras

Te presento mi curriculum
Pues pretendo trabajar,
De constructora de edificios
De suspiros no exhalados,
De ladrillos de besos soñados
De vida de amores furtivos.
***
Soy escritora en barras de hielo
Nadadora en piscinas de goma
Vividora de sueños de arena
Viviendo castillos en el aire
Cabalgando caballitos de mar.
Conductora de carricoches de ferias
Campeona de causas perdidas
Opositora a ministerios extinguidos
Ejecutiva de plazos vencidos
Recolectora callejera de cuentas de perlas falsas
Experta en Rayuela, veo veo y acertijos
Traductora de la jerga infantil
Madrina de bodas anuladas.
Como ves soy la persona adecuada
Para trabajar construyendo
Edificios de almas en pena.
Y si el puesto está ya ocupado.
Me ofrezco de revisora de trenes parados
De tranvías que partieron
De arroces ya pasados
De personas que un día dijeron:
¡¡¡Para aquí!!!!
¡¡¡Yo…me bajo!!!!

Carmen
Tarifa 06 de septiembre de 2009

sábado, julio 18, 2009

Adolescentes

Me acorde de mi madre y de sus antiguallas de sermones cuando estaba subiendo las estrechas escalera y sentí la mano del digamos mi amigo hurgándome entre las bragas. Su dulzura había dado paso a –un todo vale-que si bien de momento era sólo algo que flotaba en el aire , empezaba a tener cierta consistencia, cierto tufo a letanía materna, al run, run, run que desde pequeña me recordaba cuidarme de los hombres. ¿Y que había que cuidar?, ¿ese pequeño trozo de himen , que por otra parte estaba loca por perder?, y perdí hacia mucho tiempo, pues me molestaba ser la más atrasada de mi clase. Oír a la Vane pavonearse de haberse follado al Javi, al Sergio y al Chino. Y yo mintiendo diciendo que me había tirado a mi primo en las vacaciones de 6º. Así que cuando aquel día empezó el Charly a magrearme me deje y para hacerme la experta me la metí yo sola. Pero el dolor me lo aguanté y la cosa no me pareció tan, tan, me pareció una chorrada más que había que pasar para ser guay. Como fumar maría y salir hasta la madrugada, cuando a mi lo que me gusta es leer y estar en mi camita. No siempre, claro, pero eso de ir en camisetita con 0 grados como que paso. Pero hija, ¡todo sea por la popularidad!
Me acorde y ya estaba subiendo por las oscuras escaleras y el tío haciendo de mis bragas su propiedad privada. ¡Ten cuidado con quien vas! Y mis piernas empezaban a ser de algodón, Y pensé que el matao ese era a lo que mi madre se refería.”ten cuidado con lo que haces”.
El olor de la escalera no me anunciaba que aquello fuera precisamente el barrio pijo de mi ciudad.
Olía a cartón mojado en orines, a gato, a sudor. Ahora relacionaba el olor con aquel tipo. Mis sentidos me habían engañado. Con los porros la cosa parecía divertida, pero ahora, ahora veía que al tipo le faltaba un diente, que los otros nadaban entre el mismo olor de la escalera. Que esta era estrecha y que cuando dije ¡me voy!, la mano antes suave que me acariciaba el pelo se convirtió en la mano de garfio y la voz suave que me decía “mi princesa”, ahora tenia un acento de chulo putas que entre una risita sarcástica y otra, como cuando se abre un paréntesis para aclarar algo decía” ¿irte? ¡no mi putita no!
Me acordé de mi madre, de mi primera comunión y de las advertencias que me sonaban a agua de lluvia: ten cuidado que una mujer siempre pierde. Me acorde de la tele cuando en el las noticias aparecía una chica muerta a manos de su pareja. Me repetía a cada escalón que si salía de estas; nunca mas. Me acordé de ti mama cuando me derribo de un guatazo y vi mi sangre mezclada con la almohada sin funda, formando ya parte de las otras manchas de historias desconocidas.
Me acorde de ti cuando me repetías que antes eran las cosas diferentes. Me acorde mientras el tipo me la metía por la boca y yo buscaba entre los cachivaches de detrás del colchón algo para derribarlo. Me vino a la cabeza esos juegos que todavía subsisten en algunos bares donde se muestra dentro de una urna de cristal montones de regalos que hay que intentar atrapar con un garfio y que… invariablemente, ¡se caen! crees tenerlo bien asido y en el ultimo momento ¡lo pierdes!.
Yo siempre quería el osito grande de peluche y cada domingo cuando mi padre me llevaba al bar le pedía una moneda. Era todo un rito que se repetía una y otra vez. Papa charlando con los amigos tranquilamente, sacaba el monedero y hacia una pausa para contestar algo, reanudaba la operación y daba una calada al cigarro, volvía al monedero y cortaba para sorber del vaso de cerveza, ajustarse las gafas, coger una aceituna, saludar a alguien… Nunca supe si su actitud era natural o una manera de hacerme prolongar la efímera ilusión, porque el osito irremediablemente se me volvía a caer cada vez.
Pero aquel dia; no. ¿Recuerdas mamá, cuando pesque el osito? Igual me paso esta vez. En la oscuridad mis manos volaban de un objeto a otro sin tiempo para averiguar que eran, sólo tenia dos palabras en la mente: frio y duro. Algo de metal lo bastante duro para defenderme. Lo palpé y lo así con fuerza.
Todo quedo en silencio. El –agggggggg- de placer se convirtió en un ruido que nunca había oído y la boca se le abrió y le salio sangre que fue a la almohada a construir el puzzle de su jodida vida sin funda y me sentí feliz.
Y vi a papa sonriéndome orgulloso, pero no como cuando murió que estaba amarillo y seco, sino como aquel día que me gane el osito, que estaba tan guapo, y me sonreía con la sonrisa mas picara que he visto nunca y me dijo lo mismo que le dijo a sus amigos aquel día- ¡esta es mi niña! -Y ya no tuve miedo, mis piernas eran mías y corrí por las escaleras hasta que perdí de vista aquel barrio sin nombre, aquel tipo sin nombre de aquella imposible historia.

jueves, mayo 07, 2009

Me quedo

Me quedo con la parte de amor sin aspavientos,
me quedo con tus besos sin limites en mi mapa.
Me quedo con nocturnidad la alevosia de deseos
A aunque no sean ya tuyos los huecos de mi cuerpo,
me quedo con el derecho que dan los grados en el tiempo.
Me quedo con las tardes a tu lado
las madrugadas de codicia
el desayuno de café mojado en sexo
Me quedo con tus brazos liándome en deseos
Me quedo cariño mio por la parte que me toca.
¡Si pudiera decirte que todavía te quiero!
Me quedo aunque otra posea tus derechos.
Ya de lo otro algún día hablaremos con mas tiempo.

viernes, abril 03, 2009

Hoy vas a ser la mujer que te de la gana de ser II



Entonces no sabía que eran malos tratos. Era un malestar sutil enraizado en mi vida, sin marcas físicas. Indemostrable…ahora se les dice malos tratos sicológicos, antes la cosa era bien básica; si no quedaban marcados moratones y sangre eras afortunada. Punto.
La barrera de los malos tratos era fácil pues de definir.
¿Pero que pensar cuando una persona día a día se apropia de tu yo y lo destruye? Esa sutiliza requiere años de entrega a una causa ruin. ¿Qué gana el maltratador con ella? Intentar una imposible subida de su yo a base del tuyo. Engulléndolo, vampirizándote para así crecerse más. A cada peldaño destruido en tu autoestima, El cree subir uno. Así cuando llega arriba tu cabeza le sirve de soporte…Entonces necesita otra victima nueva.
Le conocí y me fui enamorando sin aspavientos. Hay una idea arraigada del hombre de tu vida “es el tuyo”, te dicen las mujeres de tu entorno. Así como si las mujeres viniéramos de fábrica con un destino matrimonial fijado de antemano. Único y genuino...sólo queda encontrar esa media naranja, ese complemento sin el cual no puedes alcanzar tu plenitud. No puedes ser madre...no puedes cumplir tu destino y tu sueño, tu misión.
Desde que naces te labran esa idea. Sin apenas palabras, con tradiciones que vendrán de la prehistoria;
La primera comunión, en la que el blanco es un anticipo de tu boda, los regalos.
La primera menstruación, celebrada por todos, “ya eres mujer”, te dicen.
Hay una iniciación sublimizar en estos ritos en la que eres protagonista y que culminará con el matrimonio.
Le encontré, piensas cuando te echas novio.¡ es el!
En mi caso tomó una posición de mando que yo consentí, después de todo no había visto otra cosa a mi alrededor. Esto le hizo sentirse más y mejor, algo llenaba el vacío de mando que no ejercía en parte alguna.
¡No hagas!...¡no te pongas!...¡no hables de lo que no sabes!...descalificaciones hábilmente espaciadas, constantes y basadas en alguna inseguridad tuya…así llegas a creer que eres un desastre, que no sirves para nada y que eres afortunada en que alguien que sabe que es te corrija, te guíe. ¡que suerte que además te quiera!, ¡si es que no vales para nada!. Tanta tanta suerte, que hasta se va a casar conmigo, a pesar de ser tan fea…y el tan listo y guapo.
Mi seguridad era tan dependiente de El que llegué a no atinar con una cerradura en su presencia. Me intimidaba, me destruía.
Sólo el tiempo y la suerte de verme alejada de Él me hicieron ver la realidad.
Una vez sospeche que quizás no valía tanto como parecía, como yo creía.
Fue en un momento en el que las circunstancias le sorprendieron desprevenido y no supo reaccionar, yo por el contrario tome las riendas (por otro lado fáciles) de la situación. Después reconoció mi supuesto arrojo y juro y agradeció eternamente mi actuación. Para él le había salvado la vida…pero la eternidad duró unas horas sólo.
Estamos en la montaña de acampada, el sitio era solitario, pero tampoco éramos Indiana Jones y su compañera de turno. Para mi la cosa estaba controlada. Nos perdimos del grupo….
Él fue palideciendo hasta llorar, trate de tranquilizarlo pero la histeria le podía. Teníamos sed y no sabíamos volver, cansados y con la noche casi encima. Pero yo sabía volver al sitio donde habíamos bebido y lo lleve. Una vez algo recuperados me subí a una peña y otee la carretera. Lo lleve a ella y pare un coche, le conté nuestra situación y nos llevo a un refugio. Nada difícil controlar la situación para mi mente inferior. Pensé si no seria al contrario, si la valerosa era yo..Pero…lo descarte.
Esa cobardía fue la misma que empleó durante los años que yo quise seguir creyendo en el sueño de un superman de plastilina.

jueves, febrero 19, 2009

Ángel


Miré la hora cuando vi la cama abierta invitándome tentadoramente a entrar. El pico doblado del edredón me pareció el brazo de esos porteros de clubes antiguos, hoy ya en desuso, que señalan el local con franca amabilidad ¿Dónde irían hoy con esa educación?, si lo que se necesita actualmente es un macarra con músculos anabolizados capaz de hacer puré al que intente joderle.
Eran las 4 y media. Como había estado dando vueltas por la casa como una hora, con todas las excusas imaginables e inimaginables para no irme a dormir, calculé eran pues sobre las tres cuando salí del bar.
Recogí los platos, las migajas del suelo y doble y guarde el arrugado mantel que seguía ¿cómo no? donde lo había dejado
Como se ve, vivo solo, duermo solo y peno solo. Tengo familia, claro, mi madre y mis tres tías que quedaron en la capital cuando obtuve la plaza a perpetuidad en este pueblo de solera y peso sempiternos.
¡Que engaños nos ofrece la vida! Llevaba mucho tiempo estudiando para obtener la plaza de Secretario de Ayuntamiento. Años, no de hincar los codos, que eso seria lo de menos, sino de hincar el alma. No he de engañarme tampoco, ese objetivo tapaba, excusaba, mi inexistente vida social, mi homosexualidad oculta, mis verdaderas y vulgares aficiones y pasiones, que no son otras que salir despreocupadamente, tomar algo, tener amigos, vivir en pareja. Nada raro ¿no? Pero a mi, rodeado de mis tías y madre se me hacia francamente imposible.
No tengo carácter, no tengo decisión, sólo tengo un espíritu de disciplina y resignación que me hace aguantar lo inaguantable pero que me matará seguro.
Por fin había aprobado, había conseguido lo que mi madre y tías denominaban el “premio gordo de la lotería”, pues como repetían una y otra vez la lotería da para un tiempo pero un trabajo en la Administración Pública es algo vitalicio que te garantiza una seguridad eterna. ¡En que trampa había caído! ¡Que error el pensar tal cosa! ¿Pero que le espera a un homo que no salio jamás de armario alguno? ¿Peluquero? Modisto?..etc, etc…cierto que las cosas han cambiado y mucha gente homo disfruta de trabajos no encasillados, pero ese no era mi entorno, ese no era mi caso, para eso hay que decir; NO y yo no poseo esa palabra en mi vocabulario. Pueden juzgarme, pero cada uno es lo que es y engañarse es algo que no hago.
Ante esta triste alternativa me dedique a estudiar para asegúrame el porvenir, pero el porvenir vino y no me gustaba su rancia cara.
Después del júbilo ante el aprobado la realidad se me presentaba como la imagen de Gary Grand en la película “Con la muerte en los talones”; un camino seco y largo con un avión sobre mi cabeza amenazando arrancármela.
Me habían destinado a cadena perpetua a un idílico pueblo del interior, rancio y empedrado. Bello, bellísimo, cierto, pero no hacia falta ser muy listo para saber que esa belleza estaba bien para un fin de semana, pasado este tiempo, aquel ignoto pueblo era puro aburrimiento, y lo peor es que nadie iba a dejar que alguien saliera de esa agonía, sus criticas opresivas hacían desistir a cualquier mortal en sus cabales.
El pueblo se promocionaba turisticamente, vendiendo la absurda moto de la tranquilidad. Un lugar con “encanto” que diría el diario El País.
Las agencias de viajes, ante el stres de las capitales vendían el producto con la leyenda de algo así como (ahora mismo no recuerdo palabras textuales):
¡Ven! Donde la piedra descansa. Descansaba si. Descansaba del cansancio que me producía mi vida, mi falta de decisión, mi poco carácter. Un verdín similar a la patina que cubrían las piedras del pueblo, se me estaba pegando dentro, y un frío interior enlosaba mi cuerpo, mientras seguía y seguía riendo chistes de homosexuales, con cada vez menos interés por actuar, con cada vez mas pena hacia mi mismo.
Me llamo Marciano. Horrible nombre donde los haya. En otro tiempo odiaba mi nombre, lo intenté disfrazar de la manera mas diversa; Marc, Marcial, Marce, pero todas las formas me parecían una total mariconada. Hoy digo mi nombre con dos cojones.
El caso es que a Marciano ( osea yo), se le habían pasado todos los arroces cuando, con 35 años aprobó la “lotería”, la lotería que me convertía en carcelero de mi mismo en el pueblo, vamos a llamarlo X. Tenía bastante sobrepeso (los años de estudio no pasaron en balde), poca experiencia sexual y menos sobre relaciones sociales. Cierto, que había disfrutado alguna relación esporádica en bares propios para contactos rápidos; descargas llenas de culpabilidad y miedo. Siempre me preguntaba ¿a que ese miedo? Y la respuesta era, invariablemente; a mi mismo.
Una vez en el pueblo, bajo su mano opresora, el puño se apretaba en mi garganta. No podía, era incapaz de poder salir más allá de las cafeterías. Nada de noche, nada de bares ¿Dónde ir en un sitio que no hay nadie? ¿ que no hay nada? Pero, el día de la comida Navideña del trabajo, me llevaron a un bar frecuentado por extranjeros.
El pueblo poseía una Escuela de Español y algunos inocentes extranjeros venían a buscar paz. Paz de cementerio, soledad indeseada, que al poco tiempo supuraban y les empujaba a reunirse con otros en iguales circunstancias.
No era un bar de ambiente, ni tampoco patrimonio de la gente de fuera.
Se reunían, en ralidad, los que se sentían de alguna manera ajenos aunque hubieran nacido allí.
La exclusión es algo sutil. Un día ves que tu vecino, el cual se desvivía por saludarte, te observa de lejos mientras caminas, pero cuando vas pasando a su lado, justo en ese momento, se agacha a acariciar al perro, o mira su móvil, así, como distraído, evitando así el molesto saludo
Vas a tirar la basura, y en la noche oyes pasos detrás tuya…nadie te llamo para decirte buenas noches, o alguna frase absurda pero afable como ¿Qué, a tirar la basura, que “apañao”eres no? Supones que esos pasos son de alguien a quien no conoces, pero al volverte ves a tu vecina intentando quedarse rezagada.
Has empezado a ser inoportuno porque te salisteis del guión.
Sabes que hay algo sutil en tu contra. Supones que algo saben de ti que se sale de su manual de convivencia, de apariencia, de vida. Oyes en las tiendas, bares a compañeros y conocidos como juzgan severamente a otros, como se inmiscuyen en sus vidas sin piedad y tomas pistas del porque te quedaste fuera.

¡Ah! ¿esa?...esa bebía,¿sabes? se pillaba unas cogorzas…
No ni idea, pero ahora no bebe. Creo
No se, no se. Lo que se es que bebía.

¡Ah!¿ ese?, ese dicen que es maricón
¡Que va, hombre! Además ¿Qué más da?
Si, claro no pasa nada, yo tengo amigos maricones, pero de “ese” dicen que lo es., tío, que te lo digo yo.

No existe la compasión, ni la presunción de inocencia. De un golpe el sospechosos es acusado, juzgado y condenado, sin tan siquiera estar presente, sin ni siquiera saberlo.
A veces no llegará a saber nunca, que esa persona que cree amiga, murmura cicateramente, a sus espaldas, desde el plano de la superioridad que da el cumplir las leyes inciertas, sacadas de un libro que sólo ellos saben donde comprarlo y sólo a ellos interesa.
Pero tu ves que no te adaptas a esas leyes, entre otras cosas porque no quieres saberlas… y pasas a ser una especie de sospechoso al que hay que tratar con distancias...evitándolo a ser posible y sólo si la necesidad obliga( porque te encontraron de cara), saludarlo correctamente.
Tampoco es que encaren un enfrentamiento, pues el murmurador carece de valentía.
El bar de los ingleses era también el bar de los excluidos. Nada les unía a unos con otros, excepto ese sentirse al margen del resto.
Alemanes viejos, inglese jóvenes, españoles…altos, bajos, jóvenes, viejos, cultos o ignorantes…buscaban paliar la soledad, pero la soledad es tan mala consejera que hasta aconseja compañía.
El ambiente era calmoso como la calina en las horas previas a una tormenta y como en las calinas, los cuerpos adquirían esa lentitud que se ve en los países tropicales o más bien que creemos es así por las películas de países tropicales que vimos. Países que los excluidos, ya no visitaremos nunca.
Era, como un balneario de enfermos crónicos. Una conjunción entre “Un Tranvía llamado Deseo y la Montaña Mágica de Thomas Mann; lentos, decepcionados, rememorando un pasado en el cual “eran” “existían”. Sólo que las aguas sulfurosas o ferruginosas habían sido sustituidas por Guiness y tubos de barril, nada de caros Bourbons, o Four Roses, ni otros licores.
La carta de cócteles descansaba en las mesas como un testigo molesto y callado. Porque si bien no se sabia de que vivían, si se sabía que ese “que” era escaso. Desde luego no eran los ladrones del tren de Glasgow.

Poco a poco te ibas enterando de los porqués que cada uno tenía para esa jubilación forzosa ó se corrían rumores de los motivos que habían llevado a tal o cual tipo a esa situación. Si eran ciertos o no importaba bien poco. A todas todas los síntomas daban cuenta de la enfermedad, por así llamarla.
Tipos que no conocían las prisas, carentes de stress, con todo el largo tiempo del mundo por delante. Lentos, decadentes, oían la música de la trompeta de Louis Amnstrog en “La Vie en Rose”, u otra pieza similar, mientras entrecerraban los ojos para no recibir el humo de sus cigarrillos, para darle tiempo al recuerdo, a la melancolía.
Bajados forzosos de trenes que añoraban a cada segundo. Tenían algo de dinero y ningún trabajo conocido.
Portaban mochilas que aparcaban cerca de ellos, fielmente controladas. Me hablaban de un posible miedo a ser encontrados y tener que huir con un pequeño set de supervivencia. Me preguntaba que considerarían imprescindible en sus vidas, que llevarían dentro de ellas. Recordé que a los judíos en el holocausto le dejaban llevar una pequeña maleta, que por supuesto pasaba a ser propiedad de los que agresores, los judíos salvaban las joyas y el dinero, pero no era el caso de los parroquianos del bar. Quizás llevaran su libreta de teléfonos, su móvil, su cargador, algo de comida, una muda, los enseres de aseo, o un libro o la foto de su no olvidada familia,¿Qué sabe nadie lo que le resulta imprescindible a cada cual?
El dinero y las tarjetas (lo más importante) lo llevaban encima, bien pegado a la piel, como sus historias.
Pretendían callar sus recuerdos, pero la vanidad y el alcohol se conjugaban para que mas pronto que tarde hablaran de alguna mujer, de su pasado, que enlazaban con la historia cercenada de sus vidas. Como fotogramas de una película en blanco y negro...
Hoy contaba uno haber sido ingeniero ó haber estado casado y tener dos hijos en su país, otro día otro contaba alguna anécdota del pasado en el que él era el actor principal…dando pistas inconscientemente, que se iban hilvanando fácilmente.
Preguntar es la mejor manera de no enterarse de nada, pues la pregunta hace que el oyente caiga en la cuenta de que ya hablo de más, de que ya se pasó en el cuento y cierre el pico, pague y se largue.
Era otra clase de huida la que llevaba a los españoles al bar. Una huida en la que no procede llevar mochila, sin policía ni cerrojos. Una eterna huida de un destino personal sin fecha de final, a perpetuidad y sin posible variante.
Sólo quedaba la resignación y la adaptación.
Entre las charlas y alguna risa veías en otro la propia tristeza de tu mirada,
el patetismo en que te encontrabas y las escasas salidas que tenías.
El público hispano tenía otro tipo de exclusión: amantes falsamente escondidos en el fondo del bar, en una parte oscura y fuera de la vista.
Ella luciendo una renovada lozanía, con el pelo más largo de lo habitual para su estilo, suelto. La cara artificialmente tersa, por efecto de alguna cara crema de colágeno o cerámica, dándole un aspecto de muñeca de porcelana antigua.
El peón había sido sustituido por otro peón de igual valía, solo cambió el color, pero la reina avanzaba segura nuevamente.
Jóvenes españoles en busca de la ya trasnochada idea de la extranjera liberal y ansiosa. Idea tan desfasada que resultaba francamente irrisoria.
Alguna mujer mayor, sola, que ahorraban el dinero del sicólogo en largas charlas con el camarero. Podrían haber ido, en otro tiempo al confesor...pero resultaba mas agradable tomar una copa y languidecerle al barman sus problemas, mientras este, con una infinita paciencia, consolaba, aconsejaba, y sobre todo oía.
Me gustó el bar o por lo menos era lo menos malo o ni tan siquiera eso, era la única opción posible para mi.
Empecé a ir tímidamente, sin meterme en conversaciones, sólo observando y catalogando a tan variada fauna.
Procuraba ir siempre sobre la misma hora, sentarme siempre en el mismo sitio y pedir invariablemente lo mismo. Así, al poco, me hice parte del guión. Me hice pues mi sitio. Entablé rápidamente una cordial amistad con el barman, que si bien ambos sabíamos era circunstancial, a ambos nos convenía por los motivos lógicos.
A las dos semanas ya era llamado por mi nombre .Y así, al poco tiempo Marciano se hizo tan imprescindible que si faltaba algún día era interrogado por el camarero por los motivos. Mientras, la clientela aguzaba el oído a falta de otros intereses mas importantes.
Creo, que si en el bar se hubiera movido un cenicero de su sitio alguien lo habría notado y si al pasar lista faltara una mosca, hubiera sido interrogada, al día siguiente de igual manera.
El camarero restregaba con verdadera saña el mostrador, una y mil veces. Limpiaba obsesivamente la maquina del café, los ceniceros y todo lo que se le pusiera por delante. Lo abrillantaba todo con una dedicación de santuario.
Después de pulir cada copa, la elevaba al trasluz para, seguidamente volver a empezar de nuevo...una y otra vez.
El tiempo era pues el sutil compás entre brillo y brillo. Y mi tiempo se adaptaba a ese compás dándole algún sentido de brillo a mi existencia.
Me iba sintiendo mejor en el trabajo con la ilusión diaria de ir al bar en la tarde noche. Algún peso no físico se me aligeraba
Como en un culebrón mejicano, cada día era un capitulo de una novela, pero con la variante optima de ser personajes reales que seguíamos con autentico deleite.
Este favorable cambio en mi vida hizo mella en mi físico; adelgace bastante, hacia deporte y me vestía con presunción, si bien con la correcta discreción.
Murmuraban en el pueblo, por supuesto murmuraban. Algunos hasta se atrevían a recomendarme cuidar mis “juntaeras”, pero puestos a balancear el tema, el bar ganaba por goleada a la otra opción que era ni mas ni menos que la “nada”.
Eran pues sobre las tres, como iba diciendo, cuando dejé el bar. El vaho de mi aliento me recordó a cuando siendo niños simulábamos fumar con algún lápiz como cigarrillo. Me apeteció encender uno pero no podía sacar las manos del abrigo, el frío era tan intenso que las yemas de los dedos, paralizadas me lo impedían.
Un cliente del bar me llamo por mi nombre, algo que me resulto novedoso, porque las estrechas relaciones terminaban en la puerta de este. Se llamaba Ángel y poseía un halo etéreo que lo envolvía felinamente.
Eran las tres de la mañana y como en una representación de Sherlock Holmes, la bruma nos envolvía.
El verdín de la piedra va tomando espacio, y si la noche fuera mas larga amaneceríamos envueltos en esas masas verdes similares a mocos, con las que los niños disfrutan escatológicamente.
Me dijo llevar mi mismo camino.
Resonaban acompasado nuestros pasos en el empedrado ilustre. Un gato nos seguía a cierta distancia. Yo callaba desconcertado ante la placentera compañía.
Al llegar a mi casa nos despedimos con un fuerte apretón de manos que el acompaño con una mirada fija y provocadora. Sentí algo que jamás había sentido. La seguridad y el calor que sólo alguien fuera de este mundo pueden dar. El gato me miraba de igual forma que Ángel, tenía sus mismos ojos, su mismo andar etéreo, su halo de misterio
No podía dormir, daba vueltas y más vueltas, la mirada de Ángel y el gato se confundían en mi mente, se fusionaban en una sola.
Sonó el teléfono.
Un teléfono en la noche es una amenaza clara, los timbrazos parecen las campanas anunciando a muerto.
Efectivamente mi madre estaba mal. Prepare mis cosas y sobre las cinco y media salí de casa.
La enfermedad e mi madre se iban alargando. Iba dejando esta vida, y en ese dejar a mi me la iba dando. Nunca pensé que supiera mi preferencia sexual. Algo que había ocultado como un estigma, era sabido y sufrido por ella. Me hizo prometer en su lecho de muerte que no viviría más en función de otros, que estaba orgullosa de cómo era yo, que sólo me reprochaba el no haber confiado en ella. Y que ese tiempo perdido entre nosotros era de lo único que se arrepentía en su vida.
¿Cómo una viejecita sin cultura tenía esa apertura de miras? ¿Cómo nunca me di cuenta?
Pedí un mes sin suelo, que unido a días que me debían y las vacaciones de Navidad hicieron que me ausentara del pueblo durante tres meses.
Mi madre moría y yo nacía. Atrás quedaban la inseguridad y el fingimiento. El verdín de las milenarias piedras del pueblo, se iba secando en mi, el frío interior se me volvía, ya para siempre, calido.
Me olvide del bar como me había olvidado de fingir. Pero un día pase por la calle en la que estuvo. En su lugar había una sucursal de la Caja de Ahorros
Pregunté a conocidos y vecinos y nadie recordaba mi decadente bar.
Al salir del banco me esperaba aquel gato con los ojos de Ángel, que a día de hoy me sigue haciendo compañía. Ambos sabemos que su dueño esta cerca y que cualquier día vendrá a buscarnos.

domingo, diciembre 07, 2008

Estola de piel de zorro



Estola de piel de zorro


Desde luego la última persona que esperaba o querría esperar encontrarme en aquel bareto de aquel perdido pueblo de sierra, era a ella. Yo estaba caos, no se como me había dejado convencer de abandonar mi encierro, no era cosa de lucir muñones por ahí. La casa es el mejor sitio para encerrarse en retirada digna, y mi transgresión de salir no contaba con el fuerte aliño de verla. ¡Tierra trágame!, suplique absurdamente. Pero nunca vi tierra alguna tragarse a nadie y menos por encargo.
Es sabido que siempre te encuentras a quien menos deseas, pero a ella no es que no deseara verla, es que era imposible verla, no procedía allí. Puedes poner en una feria una marcha fúnebre. Nombrar la soga en casa del ahorcado pero no a Cruella de Bill de directora de una perrera, eso era ella allí, la soga y la marcha fúnebre. No pegaba, no. Pero sus tacones atravesaron el piso y… Allí estaba yo intentando desaparecer en mi silla, me encogí todo lo que pude, pero no me sirvió de mucho.
Llego con el bolso de piel de serpiente a juego con su aura, su pisar, su peinado, su marido, su chaquetón de finísima piel, su monedero, su perfume, sus zapatos y sobre todo a juego con ella misma.
Un desgraciado zorro muerto le rodeaba el pellejoso cuello. Toda la clientela del bar iba vestida tipo caminante, campero, descuidado. Pero ¿Qué le importaba eso a ella y a su cuello de zorro?
El bicho me lo podía haber arrogado a la cara y me hubiera hecho el mismo efecto que su saludo. El gato muerto que llevaba en el cuello parecía pedir clemencia, suplicar mejor destino que el pescuezo de la arpía. Incluso los ojos de cristal parecían mas tristes que los de otros zorros muertos, a pesar de ser ojos fabricados en cadena, ¿o no?, podría ser que no fueran de vidrio, nunca me paré a pensarlo. Verdaderos o falsos, en exclusiva o en cadena de espeluznante montaje de ojos, miraban pidiendo clemencia desde el pescuezo de ella. Algún perfume fuerte y caro ahogaba al desdichado animal. De vez en cuando lo acariciaba y este me miraba en supuesta complicidad, pues ambos pensábamos, ¿Qué he hecho yo para estar aquí y ahora? El zorro tenía cadena perpetua en el pescuezo de ella, si bien en su favor pensé que no era ya zorro, lo fue, estaba muerto, luego sintió padeció, vivió, mientras que yo, vivía y padecía aquí y ahora en presencia de ella.
Se posicionó en la barra a esperar mesa. De pie. En un plano superior que amilanaba al respetable
Traté, inútilmente de actuar con normalidad, ¿a quien engañaba? En mi memoria aparecían los títulos de los libros de autoayuda, ¿Cómo superar…la timidez, la rojez de mejillas, la inseguridad, el bochorno, el patetismo, la fobia social, la carencia de autoestima…?pero no encontré ninguno que dijera como superar el miedo a ella. No existía tal manual. De haber existido las ediciones se agotarían en perpetuas ventas.
Ella era ella. Ella era la suerte que desearías tener y no tienes, era la lengua viperina que enjuicia con palabras hirientemente acertadas, rápidas, como un karateca te encajaba el golpe y no tenias tiempo de reaccionar, ni una neurona se te había puesto en marcha y ya estabas hundida. En tu casa, después pensabas” le debería haber dicho tal o cual genialidad”. Pero no contabas con que esas genialidades tienen su tiempo y ese, había pasado hacia horas. Son como un chiste dicho cuando el momento justo pasó, es decir como si el chiste lo contaras después de las risas. El patito de goma, premio de su certero tiro, lucia en su casa. El tiempo de pedir un nuevo tiro pasó.
Temible, decían de ella, yo no la veía así, la veía como mí yo negado, esa conciencia malvada que te dice a veces: ¡patética, eso es lo que eres!
Mi estado era lamentable cuando entró, pero a una mirada suya se me volvió letal.
Creí morir de angustia y pidiendo clemencia me acerque en actitud hipócrita a dar explicaciones e intentar congraciarme, para mi era obvio que debía darlas.
La arpía aprovecho para hilar detalles sobre mí, preguntaba y yo, ya entregada a su poder, trataba de convencerla de mi inocencia en el tema. Me llego a decir; tú no tienes la culpa de haber enfermado. Por contradicción supe que la tenía.
Estaba más alta, más poderosa que nunca. Elegantemente vestida, sin borrón que valga. Una capa de medio centímetro de espeso maquillaje se me pego al besarla. Creo que Judas fue una persona de gran sinceridad al lado mía. Lucía simplemente: perfecta. Y a su lado su aliado, no el marido, que también, sino la mejor compañera que existe: la suerte.
En una ocasión la oí jactarse de ella: es que tengo suerte, dijo refiriéndose a un billete de lotería premiado comprado casualmente. No lo dudé. Tenía suerte. La había visto ganar muchas veces, desde prosaicos jamones en rifas de barrio, hasta la lotería de navidad. El marido la idolatraba, el dinero le sobraba. Alguien me hablo de “demasiada suerte”, queriendo plantar la semilla de la duda, de que no fuera simplemente el azar su compañero, de que hubiera una especie de conjuro o satánica practica. No. pensé. A ella no le hacían falta esas mediocridades. Ella era la suerte.
A esas edades la mujeres no son guapas, son puro estilo. Pura seguridad: poderío. Ella era el amo de la plantación, el puto e indiscutible amo y punto
Muchos años compartió poder con otra cacatúa parecida, formaban una especie de pareja “cómica”, si bien, esta comicidad estaba entregada a despellejar graciosamente a toda persona que se cruzara en su camino eso si con una “profesionalidad” ejemplar. Una decía algo acertadamente cruel de alguien, la otra le respondía con mejor atino, en un juego divertido para el oyente, siempre que no fueras tu el blanco de ese despiadado humor. Pero la otra fue derrotada. La última vez que las vi juntas, la amiga había enfermado, y a pesar de su perfectísimo atuendo, se le iba la vida a favor de ella. Resplandecía por contraste. Estirada y elegante lucia el alma de la amiga. La otra callaba resignadamente pegada a ella, y entregada, se dejaba cuidar.
Una desgracia pretendió eclipsarla, pero la giro a su favor. Su querida hermana había muerto, acusó su perdida pero rápidamente se recuperó cual ave fénix, para añadirse el alma de la muerta. A cada amiga muerta o enferma ella resurgía y parecía lucir un nuevo lustre
Adelita García Y ¿Cubas? Y ¿Pérez del Pulgar? Y ¿Sánchez Benavides?, no se. Lo que se es que ese “Y” engrandecía al Pérez o al García o a cualquier apellido que se tercie, es un nexo distintivo de clase alta, colgante este el de la Y que jamás lucio un paria.
La arpía entro en el bar y mato dos pájaros de un tiro. Allí se encontraba también unos conocidos de ella, gente que como yo no deseaban verla. Eran la familia de una joven que recientemente se había suicidado. Por la fecha calcule que seria su primera salida familiar para intentar seguir sin ella, todos juntos en una unión que seguramente antes del óbito carecerían y ahora recomendada por los sicólogos trataban de poner en práctica. La familia; hermanas, sobrinos, cuñados, padres de la joven muerta, despedían una alegría “prozac-disada” que se hundió en la primera mirada que ella dirigió a la mesa. El niño huérfano de madre había sido su alumno y en sus tristes ojos azules vi la desolación que le produjo el verla.
Era pues un día grande para la arpía. Esa tarde tendría orgasmos múltiples repitiendo una y otra vez a su legión de amigas, lo visto en el bar del pueblo; el dolor en estado puro y la mala suerte en directo
Como en el cuento de Samarra el huir no nos había servido de nada.
El marido, a pesar de los muchos años de matrimonio, se le veía orgulloso de llevar a su lado semejante pieza.
Supe que le conoció siendo su confesor, había pues abandonado los hábitos para contraer matrimonio. No quiero imaginar los secretos de confesión, hábilmente espaciados que disuadieron al joven sacerdote de seguir célibe. Las mil y una noche serian cuentos infantiles en comparación con las confesiones de ella. No por el corte sexual de sus relatos ¡válgame dios!, sino por lo sibilinos de estos. Presumo un finísimo erotismo disfrazado de la más estricta moral católica, apostólica y romana
Si yo tardaba varias horas en encontrar una repuesta cortante a sus palabras hirientes, ese hombre, después de 40 o 50 años de esposo, no había reparado que el patito de goma, el perrito piloto o la muñeca chochona la había ganado ella, sin él tener, ni el mas mínimo atisbo de sospecha.

miércoles, noviembre 05, 2008

Navidades blancas

Irene abrió los ojos y los cerró rápidamente en un gesto de culpa, los volvió a abrir y quiso repasar el entorno. Por la noche no había reparado en muchos detalles del apartamento, necesitaba pues, levantarse, pero el tipo le rodeaba el cuerpo aprisionándola como una serpiente boa y para tener datos tendría que desembargarse primero e ir a orinar ;¡estallaba!
En realidad la había despertado el dolor que le producía el peso y la opresión.
No quería despertar al tipo, pero tendría que forzarle brazos piernas y cabeza para desasirse. El tipo, en contra de lo normal no dormía suave y desmadejado, sino que parecía querer engullirla por la piel, poco a poco y dolorosamente.
No había viscosidad, así que no podía escurrirse.
Se fue quitando miembros de encima y tenía la sensación de estar moviendo a una persona con rigor mortis. Temía despertarlo e iba despacio, avanzando centímetro a centímetro, como esos exploradores de selvas amazónicas de sus películas de infancia. El tipo gruñó, pero no despertó.
Fue al baño y mientras orinaba miraba los detalles. Dedujo que era una persona ordenada y limpia, pero había pinceladas que le decían que no era él el que realizaba las tareas de la casa y que alguien venia a hacérselas. Demasiado tiempo en barras de bar para en la mañana levantarse temprano y dejar lista la casa. Era obvio que alguna persona le hacia ese trabajo.
Quiso lavarse pero el termo estaba apagado. ¿Cómo no? se había acostado con varios tipos del pueblo y el factor común siempre era el termo, por lo visto temían explosiones diarias de esos aparatos. El mundo avanzaba, en el pueblo había Internet. Los hombres no se comprometían ya, modernamente, a una relación por pasar una noche de fiesta, la coca era la nieve de esa navidad…Pero los calentadores seguían apagados como en tiempos de sus abuelos.
Irene pensó en que las actitudes modernas y hasta vanguardistas de los tipos como él seguían apagadas como los calentadores.
Fue a la cocina y le chilló el color rojo de toda ella; encimera roja, frigorífico, muebles…etc...Pero el colmo del mal gusto era que todo el menaje de la cocina era color negro: tazas, platos, batidora…para más INRI la encimera y mueble destellaban unos brillos dorados, como si les hubiera caído un frasquito de purpurina al fondo rojo. El tipo pues, tenía pretensiones de "elegancia”. Se creería lo mas puntero por usar esos increíbles y horrendos tonos.
Irene recordó que gastaba un impecable descapotable rojo, símbolo como es bien sabido de que un gilipollas va dentro. La discreción, pues no era la máxima del hombre que dormía en el sofá.
Llegó al salón de puntillas y reparo en los cuadros. La noche anterior le pregunto al tipo, sin ninguna malicia, si los había pintado su madre en algún taller para jubilados, pues la madre de Irene los hacia parecidos. Bonitas flores sencillas y sin mas pretensiones que la de dar rienda suelta a tiempo y creatividad. El tipo disimulo cierta ofensa (no le convenía parecer hosco antes de tomar la plaza). Le dijo haber comprado los cuadros a un pintor, Irene se calló el comentario del tremendo timo del que había sido objeto.
Las cortinas eran de un rojo vino tinto, en general el ambiente le resultaba cargado, con cosas tomadas de aquí y allí sin otra línea de gusto que el ser modernos o lo que él vería una chulada. Rápidamente le vino a la cabeza aquello de que sobre gustos…pero Irene pensaba que si se había escrito demasiado sobre el gusto.
En la mesa, en un plato llano negro de loza, la coca formaba bonitos dibujos de muerte. Entonces le vino una palabra a la cabeza “acróstico”. La noche anterior, en un alarde absurdo de saber el tipo la retó con esa pregunta.
¿Sabes lo que es un acróstico?
Se vistió y salió rápidamente a la calle. La noche era blanca y negra. Irene iba dejando un rastro blanco al respirar
La escarcha blanqueaba los coches, los cristales. La acera, el aire…todo parecía tener encima el mismo polvo blanco y frío del plato.
Cruzó la plaza sin ver un coche que la alcanzaba…en la última encrucijada la palabra no se le iba de la cabeza…acróstico.

sábado, noviembre 01, 2008

El partido de matar (el quema)







Hay quien cree en Dios y hay quien cree en el Diablo. Hay quien cree que existe un sino que siempre te acaba encontrando. Budas, Alas, Jesús, La Luna, El Demiurgo… ¿acaso soy yo alguien para discutir las creencias de mas de media humanidad?
No se quien me puso, a temprana edad, mi destino por delante, lo que se es que lo desoí una y otra vez...no se si fue el diablo el que me bajo a los infiernos.
Dicen que los caminos de Dios son inescrutables…
Pasen ustedes y juzguen.


No podía dejar pasar más tiempo sin volver a la casa. La empleada de la agencia me había llamado y en tono algo airado, me preguntó si me encontraba bien para enseñar el piso a unos posibles compradores. La última vez me excuse alegando alguna molestia.
Desde que mi madre murió no había vuelto, los recuerdos se me hacían cuesta arriba y unido a que mi marido me abandonaba poco después, hacia que no me encontrara en mi mejor momento.
Me dijo tener otra relación desde hacia un tiempo, en concreto con una ex alumna y que había esperado a que mi madre muriese para decírmelo (todo un detalle).
Cuando llegué a la casa, la pareja ya estaba en el portal ojeando los buzones en busca de algún dato.
Me miraron algo extrañados. Pensé que mi aspecto no era de dueña de nada, en realidad no era dueña ni de mi misma.
Llevaba un abrigo con capucha heredado de mi hija y una botas de montaña que me hacían parecer una joven envejecida o una vieja con aspecto o pretensiones de parecer joven. Me quite la capucha y sacudí el pelo y el paraguas, pues llovía a mares.
Me había puesto luto. En contra de todos los que casi me lo prohibían, me lo puse, era el único color que podía admitirme a mi misma, y me importaba poco que no estuviera de moda llevarlo. Con la muerte de mi madre, la tensión había dado paso a un vacío, el tiempo me sobraba y pesaba y sólo sabía utilizarlo en salidas a bares.
La noche anterior había salido, y por supuesto bebido, así que las ojeras me llegarían hasta el carnet de identidad.
A todo este rosario de males se unió el despido en el trabajo.
Una vieja lesión de espalda, que extrañamente me respetó durante la enfermedad de mi madre, se reverdeció con furor haciendo los dolores insoportables, y la empresa ya cansada de mis bajas para cuidar de ella y ahora por los dolores; me despidió.
Me urgía vender el piso. Era claro que allí no podría vivir por los recuerdos y para arreglarlo necesitaba dinero.

La pareja parecían el poli bueno y el poli malo. Ella le ponía pegas al piso y el las suavizaba.
Tiene mucha humedad, ¿no?
Pero si es solo suciedad, mujer.
¿Un solo baño?
Y para que queremos más.
¿Cómo que no? ¿Y mi madre? ¿no recuerdas que hablamos de traérnosla?..
Hasta que me cansé y les dije ¿bueno que? ¿Lo compráis? por supuesto salieron despavoridos.
Me quede sola y busque café, por suerte no estaba mohoso.
Me senté en su viejo sillón y la desolación se me metía dentro por momentos. El sillón estaba sucio, impregnado de la decadencia de la enfermedad. Necesitaría armarme de valor para tirar muchas cosas. En esa casa pase mi infancia y las emociones me asaltaban en cada rincón. Encendí un cigarrillo y el mechero se me calló, al agacharme reparé en un ladrillo suelto.
Recordé que cuarenta años atrás Ricardo Reis y yo escondimos una foto.
Levanté el ladrillo con un cuchillo y allí estábamos sonriendo a la cámara. Él tenia el pelo alborotado y los pantalones grotescamente remetidos por la entrepierna, me echaba el brazo por encima en actitud de enamorado y yo mostraba mi sonrisa de dientes partidos.
Envidié mi imagen.
Quizás la peor envidia que exista es la que nos tenemos a nosotros mismos. Vemos una foto con nuestra misma cara, pero con expresión ingenua, encantadora del que no ha sufrido aun. La sonrisa limpia que ahora tal vez sólo sea una mueca y no podemos evitar sentir esa tristeza que produce la envidia.
Después de todo el catecismo la define como tristeza por el bien ajeno, y yo añadiría también por el propio.
Cuando envidiamos a otros creemos poder alcanzar sus logros, o sus defectos(a veces hasta estos se envidian), pero cuando nos envidiamos a nosotros mismos hay un componente certero; hemos sido y no somos, y lo peor, ni seremos.
Por detrás de la foto decía Ricardo y Elena se querrán siempre. Granada 1966 y nuestra firma debajo.
Nos habíamos conocido en el colegio de monjas al que asistíamos y en concreto en el partido de matar donde me partí los dientes.

El juego consistía en dos equipos enfrentados. Una línea dividía el campo.
El elegido tiraba la pelota hacia arriba y empezaba el partido. La pelota la atrapaba el más rápido y fuerte, éste la tiraba con fuerza a otro del equipo contrario, que si no la atrapaba era eliminado. Los certeros y fuertes balonazos en la barriga o peor en la cabeza, prácticamente dejaban caos al contrincante, solamente algunos fuertes lo atrapaban. Eso se sabia a priori, quien era capaz de atrapar y quien no. Niñas gorditas y sudorosas que no solían destacar en campos mas intelectuales, ni mucho menos en habilidades tan preciadas por las monjas como las labores, la buena caligrafía en una libreta limpia, ordenada.
Algunos (llamémosles mártires) ofrecían su cuerpo para ser eliminados, siempre me pareció un absurdo, darle carnaza a los brutos.
El limbo era nuestro sitio, el de Ricardo y el mío. Sitio de ni vivos ni muertos, ni fuertes ni mártires, que sin oponernos abiertamente, esquivamos mediante filigranas corporales los proyectiles del contrario. Daba tiempo para hablar y hasta para…enamorarse.

Él se trajinó a sus padres para que nos hicieran la foto, Ricardo quería por fuerza que nos la tomaran delante del columpio.
Digo bien él, no los.
En mi colegio había un columpio solamente y además de pago.
En el recreo, la madre Encarnación lo colgaba de un quicio de puerta y previo pago de una peseta daba al afortunado X viajes. Evidentemente por dos reales le daban la mitad de paseos.
Allí me había visto él por primera vez, con mi mirada fija en el columpio, sin esperar nada, simplemente mirando.
Me dijo que eran mis ojos lo que le enamoró, que mi mirada tenía aire, y parecía que traspasaba el columpio, porque volaba más allá, al algún sitio donde el poder de la madre Encarnación no existía.
Ese sitio, libre de cargas, donde una moneda no manda, donde el poderoso nada puede, donde se negocia con la imaginación. Consuelo de los afligidos, pan de los enfermos, libertad del preso. Cueva de Ali Baba, con cientos de ladrones aportando tesoros invisibles, que solamente un observador poseedor de algo similar podría advertir en algún destello de mirada.
No había ninguna clase de rencor, de espera o frustración, de no poderme montar porque el que tiene posibilidades de algo, espera impaciente tenerlo, pero el que nunca lo tendrá nada espera, ¿Cómo esperar un imposible? Si en mi casa el dinero estaba contado… Mi mirada, tal vez mi boca medio abierta, admiraba el poder que se podía alcanzar volando por los aires. Si. Pero otro poder mayor me atrapaba. Así cuando me daban dos reales, el columpio era secundario. Los empleaba en materiales fungibles. Gomas de olores que ni el mejor perfume francés tendría. Lápices mágicos de afilados vértices que creaban letras, palabras, frases…mundos.
Conservaba estas piedras preciosas en perfecto orden, afilando lápices, recreándome en su belleza igual que un avaro mira y remira, limpia y relimpia sus monedas y dinero.
Uno de los lujos que extrañamente tenia, era el estrenar los libros del curso.
Siempre temía me dieran los usados de mis hermanos. Dudaba, se retrasaban, me impacientaba, pero no preguntaba. Podía recibir un no sin explicaciones, que es el no mas no que hay. Cuando se explica se abren brechas, esa O del no redondo hubiera sido el circulo sin aristas del que nadie sale.
¿Por donde se sale de un círculo?
Los Sis tienes curvas para deslizarse, son abiertos con el punto de la i que le adorna graciosamente la cabeza al palo, una pelota que un niño arroja, una estrella fugaz en el firmamento precedido de su estela S
La O es la horca del que pide clemencia, y la N su patíbulo.
Pero al final llegaban.
Miraba día tras día la mesa en la que mis padres solían ponerlo.
Nada
Nada
Nada
Ya
Mundos nuevos se posaban sobre la mesa del comedor, atados con un cordel el envoltorio de papel de la librería Denis, no daba lugar a dudas.
Allí estaban los libros nuevos para el curso
Si el olor de las gomas era embriagador, el color y tacto de la tinta fresca era regalo para los sentidos.
Pasaba ávidamente las hojas en una primera cata.
Las fotos a todo color…
Los dibujos…
Los temas de geografía, historia, religión, los cuadernillos imposibles de matemáticas
Rebuscaba entre el montón hasta encontrar: el libro de lecturas.
Era todo una año esperando y tras una leve caricia en la tapa, lo abría sin mas.
Allí, adornadas de dibujos o fotos estaban los trozos de novelas o cuentos completos que me hacían ver que no vivía sola en el agresivo mundo de la fuerza del quema, que no era yo sola la que imaginaba soles mas allá de columpios de pago, que existía mucha gente dispuesta a afilar lápices para entregarse a escribir otros mundos donde no existía dictadura posible.
¿Cómo conseguir tener las historia completas? mi avaricia por los lápices se ampliaba, pero si debía esperar todo un año para conseguir los libros de texto ¿Quién podría pedir, además libros de ficción?
Aprovechaba los reyes para pedírselos, pero el producto era engullido como las pastillas de chocolate que mi madre me daba con el pan con mantequilla, y que yo iba distribuyendo hábilmente para que el pan nunca se quedara solo.
Así que, los libros, siempre me dejaban con la sensación de un amante insatisfecho que veces siente un malestar inconcreto después de realizar el acto que tanto ansiaba. Otras, por el contrario este acto sabe a poco.


El columpio continuaba paseando a pudientes y en la cabeza de la monja parecían habitar siete enanos a modo de ideas y siete sillas que los siete enanos ocupaban desde hacia tiempo…

Si padecían por los no columpistas, eso sólo ellas y Dios lo sabrían
Sus sentimientos aparentaban ser los mismos que los de las maquinas lavacoches.
Esas eran sus leyes, y el amor al prójimo que predicaban parecían volcarlo en África, o en lejanos países donde Dios, según ellas, no había llegado.

Yo daba por sentado sus leyes, las de mi casa y todas las que hicieran falta, pero mi mirada, se rebelaba.
Mis siete enanos poseían sólo seis sillas, peleaban por sentarse y siempre alguno quedaba levantado.
A día de hoy sigue sobrando uno, y a veces…varios.

Una de las veces que fui a enseñar el piso el posible comprador no apareció, cuando me iba, en el claroscuro del portal vi la silueta de un hombre, me asusté porque la zona, en otro tiempo burguesa estaba muy mezcladas con gentes de oficios dudosos, osea, vendedores de droga.
Allí estaba Ricardo Reis con la misma pinta de niño descuidado, con los pantalones remetidos y con una sonrisa vieja que las arrugas todavía respetaban.

Un tiempo después el psicólogo que me veía me recomendó escribir mis propios enfrentamientos y frustraciones, pero a cada pensamiento seguía una historia, a esta otra y otra…así sin darme cuenta estaba encontrando aquello que de pequeña buscaba en el libro de lectura: mi vida.

Encontré mi vocación por caminos extraños, pero la vida siempre te acaba encontrando aunque te niegues una y otra vez. Sólo que a veces, si no la oyes a la primera, aprieta otra vez la tuerca, y otra, y otra…hasta que no tienes más remedio que rendirle pleitesía.

sábado, octubre 18, 2008

Besos, barras, bares.


Besos, barras, bares.
Pesarosos vasos de bebidas,
Babosos verdes vacíos.
Bordes viciosos.
Vuelvo de bodas no vividas
En la bocas que poseo
De salivas viscosas
En vidrios de venas solitarias

Ronda 18 de octubre de 2008