
Miré la hora cuando vi la cama abierta invitándome tentadoramente a entrar. El pico doblado del edredón me pareció el brazo de esos porteros de clubes antiguos, hoy ya en desuso, que señalan el local con franca amabilidad ¿Dónde irían hoy con esa educación?, si lo que se necesita actualmente es un macarra con músculos anabolizados capaz de hacer puré al que intente joderle.
Eran las 4 y media. Como había estado dando vueltas por la casa como una hora, con todas las excusas imaginables e inimaginables para no irme a dormir, calculé eran pues sobre las tres cuando salí del bar.
Recogí los platos, las migajas del suelo y doble y guarde el arrugado mantel que seguía ¿cómo no? donde lo había dejado
Como se ve, vivo solo, duermo solo y peno solo. Tengo familia, claro, mi madre y mis tres tías que quedaron en la capital cuando obtuve la plaza a perpetuidad en este pueblo de solera y peso sempiternos.
¡Que engaños nos ofrece la vida! Llevaba mucho tiempo estudiando para obtener la plaza de Secretario de Ayuntamiento. Años, no de hincar los codos, que eso seria lo de menos, sino de hincar el alma. No he de engañarme tampoco, ese objetivo tapaba, excusaba, mi inexistente vida social, mi homosexualidad oculta, mis verdaderas y vulgares aficiones y pasiones, que no son otras que salir despreocupadamente, tomar algo, tener amigos, vivir en pareja. Nada raro ¿no? Pero a mi, rodeado de mis tías y madre se me hacia francamente imposible.
No tengo carácter, no tengo decisión, sólo tengo un espíritu de disciplina y resignación que me hace aguantar lo inaguantable pero que me matará seguro.
Por fin había aprobado, había conseguido lo que mi madre y tías denominaban el “premio gordo de la lotería”, pues como repetían una y otra vez la lotería da para un tiempo pero un trabajo en la Administración Pública es algo vitalicio que te garantiza una seguridad eterna. ¡En que trampa había caído! ¡Que error el pensar tal cosa! ¿Pero que le espera a un homo que no salio jamás de armario alguno? ¿Peluquero? Modisto?..etc, etc…cierto que las cosas han cambiado y mucha gente homo disfruta de trabajos no encasillados, pero ese no era mi entorno, ese no era mi caso, para eso hay que decir; NO y yo no poseo esa palabra en mi vocabulario. Pueden juzgarme, pero cada uno es lo que es y engañarse es algo que no hago.
Ante esta triste alternativa me dedique a estudiar para asegúrame el porvenir, pero el porvenir vino y no me gustaba su rancia cara.
Después del júbilo ante el aprobado la realidad se me presentaba como la imagen de Gary Grand en la película “Con la muerte en los talones”; un camino seco y largo con un avión sobre mi cabeza amenazando arrancármela.
Me habían destinado a cadena perpetua a un idílico pueblo del interior, rancio y empedrado. Bello, bellísimo, cierto, pero no hacia falta ser muy listo para saber que esa belleza estaba bien para un fin de semana, pasado este tiempo, aquel ignoto pueblo era puro aburrimiento, y lo peor es que nadie iba a dejar que alguien saliera de esa agonía, sus criticas opresivas hacían desistir a cualquier mortal en sus cabales.
El pueblo se promocionaba turisticamente, vendiendo la absurda moto de la tranquilidad. Un lugar con “encanto” que diría el diario El País.
Las agencias de viajes, ante el stres de las capitales vendían el producto con la leyenda de algo así como (ahora mismo no recuerdo palabras textuales):
¡Ven! Donde la piedra descansa. Descansaba si. Descansaba del cansancio que me producía mi vida, mi falta de decisión, mi poco carácter. Un verdín similar a la patina que cubrían las piedras del pueblo, se me estaba pegando dentro, y un frío interior enlosaba mi cuerpo, mientras seguía y seguía riendo chistes de homosexuales, con cada vez menos interés por actuar, con cada vez mas pena hacia mi mismo.
Me llamo Marciano. Horrible nombre donde los haya. En otro tiempo odiaba mi nombre, lo intenté disfrazar de la manera mas diversa; Marc, Marcial, Marce, pero todas las formas me parecían una total mariconada. Hoy digo mi nombre con dos cojones.
El caso es que a Marciano ( osea yo), se le habían pasado todos los arroces cuando, con 35 años aprobó la “lotería”, la lotería que me convertía en carcelero de mi mismo en el pueblo, vamos a llamarlo X. Tenía bastante sobrepeso (los años de estudio no pasaron en balde), poca experiencia sexual y menos sobre relaciones sociales. Cierto, que había disfrutado alguna relación esporádica en bares propios para contactos rápidos; descargas llenas de culpabilidad y miedo. Siempre me preguntaba ¿a que ese miedo? Y la respuesta era, invariablemente; a mi mismo.
Una vez en el pueblo, bajo su mano opresora, el puño se apretaba en mi garganta. No podía, era incapaz de poder salir más allá de las cafeterías. Nada de noche, nada de bares ¿Dónde ir en un sitio que no hay nadie? ¿ que no hay nada? Pero, el día de la comida Navideña del trabajo, me llevaron a un bar frecuentado por extranjeros.
El pueblo poseía una Escuela de Español y algunos inocentes extranjeros venían a buscar paz. Paz de cementerio, soledad indeseada, que al poco tiempo supuraban y les empujaba a reunirse con otros en iguales circunstancias.
No era un bar de ambiente, ni tampoco patrimonio de la gente de fuera.
Se reunían, en ralidad, los que se sentían de alguna manera ajenos aunque hubieran nacido allí.
La exclusión es algo sutil. Un día ves que tu vecino, el cual se desvivía por saludarte, te observa de lejos mientras caminas, pero cuando vas pasando a su lado, justo en ese momento, se agacha a acariciar al perro, o mira su móvil, así, como distraído, evitando así el molesto saludo
Vas a tirar la basura, y en la noche oyes pasos detrás tuya…nadie te llamo para decirte buenas noches, o alguna frase absurda pero afable como ¿Qué, a tirar la basura, que “apañao”eres no? Supones que esos pasos son de alguien a quien no conoces, pero al volverte ves a tu vecina intentando quedarse rezagada.
Has empezado a ser inoportuno porque te salisteis del guión.
Sabes que hay algo sutil en tu contra. Supones que algo saben de ti que se sale de su manual de convivencia, de apariencia, de vida. Oyes en las tiendas, bares a compañeros y conocidos como juzgan severamente a otros, como se inmiscuyen en sus vidas sin piedad y tomas pistas del porque te quedaste fuera.
¡Ah! ¿esa?...esa bebía,¿sabes? se pillaba unas cogorzas…
No ni idea, pero ahora no bebe. Creo
No se, no se. Lo que se es que bebía.
¡Ah!¿ ese?, ese dicen que es maricón
¡Que va, hombre! Además ¿Qué más da?
Si, claro no pasa nada, yo tengo amigos maricones, pero de “ese” dicen que lo es., tío, que te lo digo yo.
No existe la compasión, ni la presunción de inocencia. De un golpe el sospechosos es acusado, juzgado y condenado, sin tan siquiera estar presente, sin ni siquiera saberlo.
A veces no llegará a saber nunca, que esa persona que cree amiga, murmura cicateramente, a sus espaldas, desde el plano de la superioridad que da el cumplir las leyes inciertas, sacadas de un libro que sólo ellos saben donde comprarlo y sólo a ellos interesa.
Pero tu ves que no te adaptas a esas leyes, entre otras cosas porque no quieres saberlas… y pasas a ser una especie de sospechoso al que hay que tratar con distancias...evitándolo a ser posible y sólo si la necesidad obliga( porque te encontraron de cara), saludarlo correctamente.
Tampoco es que encaren un enfrentamiento, pues el murmurador carece de valentía.
El bar de los ingleses era también el bar de los excluidos. Nada les unía a unos con otros, excepto ese sentirse al margen del resto.
Alemanes viejos, inglese jóvenes, españoles…altos, bajos, jóvenes, viejos, cultos o ignorantes…buscaban paliar la soledad, pero la soledad es tan mala consejera que hasta aconseja compañía.
El ambiente era calmoso como la calina en las horas previas a una tormenta y como en las calinas, los cuerpos adquirían esa lentitud que se ve en los países tropicales o más bien que creemos es así por las películas de países tropicales que vimos. Países que los excluidos, ya no visitaremos nunca.
Era, como un balneario de enfermos crónicos. Una conjunción entre “Un Tranvía llamado Deseo y la Montaña Mágica de Thomas Mann; lentos, decepcionados, rememorando un pasado en el cual “eran” “existían”. Sólo que las aguas sulfurosas o ferruginosas habían sido sustituidas por Guiness y tubos de barril, nada de caros Bourbons, o Four Roses, ni otros licores.
La carta de cócteles descansaba en las mesas como un testigo molesto y callado. Porque si bien no se sabia de que vivían, si se sabía que ese “que” era escaso. Desde luego no eran los ladrones del tren de Glasgow.
Poco a poco te ibas enterando de los porqués que cada uno tenía para esa jubilación forzosa ó se corrían rumores de los motivos que habían llevado a tal o cual tipo a esa situación. Si eran ciertos o no importaba bien poco. A todas todas los síntomas daban cuenta de la enfermedad, por así llamarla.
Tipos que no conocían las prisas, carentes de stress, con todo el largo tiempo del mundo por delante. Lentos, decadentes, oían la música de la trompeta de Louis Amnstrog en “La Vie en Rose”, u otra pieza similar, mientras entrecerraban los ojos para no recibir el humo de sus cigarrillos, para darle tiempo al recuerdo, a la melancolía.
Bajados forzosos de trenes que añoraban a cada segundo. Tenían algo de dinero y ningún trabajo conocido.
Portaban mochilas que aparcaban cerca de ellos, fielmente controladas. Me hablaban de un posible miedo a ser encontrados y tener que huir con un pequeño set de supervivencia. Me preguntaba que considerarían imprescindible en sus vidas, que llevarían dentro de ellas. Recordé que a los judíos en el holocausto le dejaban llevar una pequeña maleta, que por supuesto pasaba a ser propiedad de los que agresores, los judíos salvaban las joyas y el dinero, pero no era el caso de los parroquianos del bar. Quizás llevaran su libreta de teléfonos, su móvil, su cargador, algo de comida, una muda, los enseres de aseo, o un libro o la foto de su no olvidada familia,¿Qué sabe nadie lo que le resulta imprescindible a cada cual?
El dinero y las tarjetas (lo más importante) lo llevaban encima, bien pegado a la piel, como sus historias.
Pretendían callar sus recuerdos, pero la vanidad y el alcohol se conjugaban para que mas pronto que tarde hablaran de alguna mujer, de su pasado, que enlazaban con la historia cercenada de sus vidas. Como fotogramas de una película en blanco y negro...
Hoy contaba uno haber sido ingeniero ó haber estado casado y tener dos hijos en su país, otro día otro contaba alguna anécdota del pasado en el que él era el actor principal…dando pistas inconscientemente, que se iban hilvanando fácilmente.
Preguntar es la mejor manera de no enterarse de nada, pues la pregunta hace que el oyente caiga en la cuenta de que ya hablo de más, de que ya se pasó en el cuento y cierre el pico, pague y se largue.
Era otra clase de huida la que llevaba a los españoles al bar. Una huida en la que no procede llevar mochila, sin policía ni cerrojos. Una eterna huida de un destino personal sin fecha de final, a perpetuidad y sin posible variante.
Sólo quedaba la resignación y la adaptación.
Entre las charlas y alguna risa veías en otro la propia tristeza de tu mirada,
el patetismo en que te encontrabas y las escasas salidas que tenías.
El público hispano tenía otro tipo de exclusión: amantes falsamente escondidos en el fondo del bar, en una parte oscura y fuera de la vista.
Ella luciendo una renovada lozanía, con el pelo más largo de lo habitual para su estilo, suelto. La cara artificialmente tersa, por efecto de alguna cara crema de colágeno o cerámica, dándole un aspecto de muñeca de porcelana antigua.
El peón había sido sustituido por otro peón de igual valía, solo cambió el color, pero la reina avanzaba segura nuevamente.
Jóvenes españoles en busca de la ya trasnochada idea de la extranjera liberal y ansiosa. Idea tan desfasada que resultaba francamente irrisoria.
Alguna mujer mayor, sola, que ahorraban el dinero del sicólogo en largas charlas con el camarero. Podrían haber ido, en otro tiempo al confesor...pero resultaba mas agradable tomar una copa y languidecerle al barman sus problemas, mientras este, con una infinita paciencia, consolaba, aconsejaba, y sobre todo oía.
Me gustó el bar o por lo menos era lo menos malo o ni tan siquiera eso, era la única opción posible para mi.
Empecé a ir tímidamente, sin meterme en conversaciones, sólo observando y catalogando a tan variada fauna.
Procuraba ir siempre sobre la misma hora, sentarme siempre en el mismo sitio y pedir invariablemente lo mismo. Así, al poco, me hice parte del guión. Me hice pues mi sitio. Entablé rápidamente una cordial amistad con el barman, que si bien ambos sabíamos era circunstancial, a ambos nos convenía por los motivos lógicos.
A las dos semanas ya era llamado por mi nombre .Y así, al poco tiempo Marciano se hizo tan imprescindible que si faltaba algún día era interrogado por el camarero por los motivos. Mientras, la clientela aguzaba el oído a falta de otros intereses mas importantes.
Creo, que si en el bar se hubiera movido un cenicero de su sitio alguien lo habría notado y si al pasar lista faltara una mosca, hubiera sido interrogada, al día siguiente de igual manera.
El camarero restregaba con verdadera saña el mostrador, una y mil veces. Limpiaba obsesivamente la maquina del café, los ceniceros y todo lo que se le pusiera por delante. Lo abrillantaba todo con una dedicación de santuario.
Después de pulir cada copa, la elevaba al trasluz para, seguidamente volver a empezar de nuevo...una y otra vez.
El tiempo era pues el sutil compás entre brillo y brillo. Y mi tiempo se adaptaba a ese compás dándole algún sentido de brillo a mi existencia.
Me iba sintiendo mejor en el trabajo con la ilusión diaria de ir al bar en la tarde noche. Algún peso no físico se me aligeraba
Como en un culebrón mejicano, cada día era un capitulo de una novela, pero con la variante optima de ser personajes reales que seguíamos con autentico deleite.
Este favorable cambio en mi vida hizo mella en mi físico; adelgace bastante, hacia deporte y me vestía con presunción, si bien con la correcta discreción.
Murmuraban en el pueblo, por supuesto murmuraban. Algunos hasta se atrevían a recomendarme cuidar mis “juntaeras”, pero puestos a balancear el tema, el bar ganaba por goleada a la otra opción que era ni mas ni menos que la “nada”.
Eran pues sobre las tres, como iba diciendo, cuando dejé el bar. El vaho de mi aliento me recordó a cuando siendo niños simulábamos fumar con algún lápiz como cigarrillo. Me apeteció encender uno pero no podía sacar las manos del abrigo, el frío era tan intenso que las yemas de los dedos, paralizadas me lo impedían.
Un cliente del bar me llamo por mi nombre, algo que me resulto novedoso, porque las estrechas relaciones terminaban en la puerta de este. Se llamaba Ángel y poseía un halo etéreo que lo envolvía felinamente.
Eran las tres de la mañana y como en una representación de Sherlock Holmes, la bruma nos envolvía.
El verdín de la piedra va tomando espacio, y si la noche fuera mas larga amaneceríamos envueltos en esas masas verdes similares a mocos, con las que los niños disfrutan escatológicamente.
Me dijo llevar mi mismo camino.
Resonaban acompasado nuestros pasos en el empedrado ilustre. Un gato nos seguía a cierta distancia. Yo callaba desconcertado ante la placentera compañía.
Al llegar a mi casa nos despedimos con un fuerte apretón de manos que el acompaño con una mirada fija y provocadora. Sentí algo que jamás había sentido. La seguridad y el calor que sólo alguien fuera de este mundo pueden dar. El gato me miraba de igual forma que Ángel, tenía sus mismos ojos, su mismo andar etéreo, su halo de misterio
No podía dormir, daba vueltas y más vueltas, la mirada de Ángel y el gato se confundían en mi mente, se fusionaban en una sola.
Sonó el teléfono.
Un teléfono en la noche es una amenaza clara, los timbrazos parecen las campanas anunciando a muerto.
Efectivamente mi madre estaba mal. Prepare mis cosas y sobre las cinco y media salí de casa.
La enfermedad e mi madre se iban alargando. Iba dejando esta vida, y en ese dejar a mi me la iba dando. Nunca pensé que supiera mi preferencia sexual. Algo que había ocultado como un estigma, era sabido y sufrido por ella. Me hizo prometer en su lecho de muerte que no viviría más en función de otros, que estaba orgullosa de cómo era yo, que sólo me reprochaba el no haber confiado en ella. Y que ese tiempo perdido entre nosotros era de lo único que se arrepentía en su vida.
¿Cómo una viejecita sin cultura tenía esa apertura de miras? ¿Cómo nunca me di cuenta?
Pedí un mes sin suelo, que unido a días que me debían y las vacaciones de Navidad hicieron que me ausentara del pueblo durante tres meses.
Mi madre moría y yo nacía. Atrás quedaban la inseguridad y el fingimiento. El verdín de las milenarias piedras del pueblo, se iba secando en mi, el frío interior se me volvía, ya para siempre, calido.
Me olvide del bar como me había olvidado de fingir. Pero un día pase por la calle en la que estuvo. En su lugar había una sucursal de la Caja de Ahorros
Pregunté a conocidos y vecinos y nadie recordaba mi decadente bar.
Al salir del banco me esperaba aquel gato con los ojos de Ángel, que a día de hoy me sigue haciendo compañía. Ambos sabemos que su dueño esta cerca y que cualquier día vendrá a buscarnos.